
Aulas reguladas, hogares porteños en alerta: el límite escolar que no alcanza para frenar el desafío digital
A meses de que el Estado porteño regulara el uso de teléfonos celulares en las aulas de los niveles inicial, primario y secundario, el debate sobre el vínculo entre la tecnología, las infancias y adolescencias y el bienestar continúa en las mesas porteñas y en la conversación pública. Si bien las instituciones educativas limitaron el uso de los dispositivos durante las horas de clase, la influencia de las pantallas sigue operando con fuerza en la dinámica cotidiana y fuera del ámbito escolar.
Desde agosto del 2024, los celulares deben permanecer fuera de uso durante toda la jornada, incluidos los recreos, en los niveles inicial y primario porteños. En marzo de 2026 esta medida se profundizó al restringir su uso en el nivel secundario: no pueden utilizarse durante las clases, a menos que la actividad y el profesor lo requieran, y cada colegio define las condiciones para los momentos de descanso.
Sin embargo, cumplir la norma no siempre es sencillo en la cotidianeidad de las escuelas secundarias. Constanza (17), que asiste a un colegio de Belgrano, contó que en su colegio piden que el celular quede en sus casas. En caso de llevarlos, el preceptor los guarda en una caja bajo llave todo el día y quedan allí incluso para el almuerzo y el recreo. “Pero la verdad es que muchos mienten, dicen que no los llevan y los tienen igual… y medio que no pasa nada”. Agregó que sí utilizan computadoras para algunas materias, desde las cuales pueden entrar a las aplicaciones que deseen.

A pesar de que en las aulas su uso esté en pausa, en promedio, los estudiantes porteños pasan 6 horas y 10 minutos por día con el celular. La cifra, sin embargo, esconde una fuerte brecha: el consumo va desde un mínimo de dos horas diarias hasta extremos de diez. Además, el 40% presenta señales de ansiedad, depresión o somnolencia, según una investigación de Fabricio Ballarini, director del Departamento de Ciencias de la Vida del Instituto Tecnológico Buenos Aires (ITBA) para el Gobierno de la Ciudad. Estos datos abren el interrogante de si la norma en los colegios es una solución de fondo o simplemente la superficie de un problema mucho mayor.
Desde la Unidad de Evaluación Integral de la Calidad y Equidad Educativa (UEICEE), su directora, Samanta Bonelli, analiza el impacto inicial de la normativa: el 70% de los docentes observa mejoras en el clima escolar y mayor atención, así como un incremento en la interacción real entre pares. “Ahora se hablan, se miran, se pelean… acciones que se habían perdido porque cada uno estaba con su pantalla”.
Bip, suena el celular en la mesa. Esta exposición sostenida genera consecuencias físicas y cognitivas, como el incremento en la incidencia de miopía precoz en población infanto-juvenil a raíz de la fijación visual prolongada y la alteración de los patrones de descanso nocturno, debido al uso nocturno de los equipos. A la par, organismos de salud mental advierten sobre el aumento de cuadros de ansiedad y la paradoja de la soledad en entornos de hiperconectividad, donde la interacción digital constante no logra traducirse en bienestar emocional.
García dijo que cuando no puede usar el celular siente una gran urgencia de agarrarlo para ver si le llegó algún mensaje. “Cuando salgo del colegio, después de no haberlo usado durante todo el día, es lo primero que agarro”.

Bip, otra notificación. Los especialistas señalan que la dispersión atencional provocada por los estímulos digitales permanentes interfiere en los procesos de comprensión y lectura sostenida. Bonelli advierte sobre la vulnerabilidad biológica de los menores frente a la tecnología: "Están diseñadas para hackearnos la atención, ser adictivas, y el cerebro de un niño o adolescente es mucho más vulnerable. Es muy difícil atacar si no van en conjunto familia y escuelas". A su vez, añadió una autocrítica sobre el rol adulto: "Hay un desafío con la propia adultez. Le estamos pidiendo a los niños algo que a veces ni los propios adultos podemos hacer, como no llevar el celular a la mesa o mirar a los ojos cuando nos hablan”.
Más allá del rendimiento escolar y el descanso, el uso de las plataformas digitales ha trasladado hacia el ámbito juvenil problemáticas vinculadas con la seguridad en red. Los gabinetes de orientación escolar y las áreas especializadas de la Ciudad registran con creciente preocupación situaciones de hostigamiento digital, ciberacoso y episodios graves de vulneración de la intimidad entre pares mediante la circulación de contenidos alterados o no consentidos, que desafían las herramientas de contención con las que cuentan las comunidades educativas y los hogares.
Frente a la pregunta sobre cómo traducir el acompañamiento digital a la práctica cotidiana sin caer en discursos abstractos, Bonelli enfatizó que la clave empieza por el ejemplo en el hogar: establecer pautas claras, como las horas permitidas con pantallas, dialogar sobre los riesgos, como el ciberacoso, las imágenes falsas y los perfiles anónimos, y construir un espacio de contención donde los chicos sepan que pueden acercarse si necesitan ayuda. “Sentémonos a mirar una película. Si hay pantallas en el medio, al menos compartamos una misma entre todos para que surja la conversación”.
El pulso de esta discusión mantiene una agenda activa de encuentros y espacios de intercambio en distintos puntos de la Ciudad. En este marco, mañana miércoles 28 de octubre, la Universidad de Buenos Aires será sede del conversatorio "Sinergia para el Aprendizaje. Crecer entre pantallas: evidencia para acompañar el aprendizaje y el bienestar escolar", donde se sentarán en la mesa a dialogar el Gobierno, con la presencia de la Ministra de Educación, las escuelas como protagonistas, y la academia, con Valeria Abusamra, sobre el uso de pantallas y su impacto en el bienestar y el aprendizaje en los niños. Samanta Bonelli será moderadora.
Para asistir, inscribite haciendo click acá. Se transmitirá en vivo vía streaming por el canal de YouTube del Ministerio de Educación.


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